La libertad y la prisión son dos polos que delimitan uno de los dramas más profundos de la experiencia humana: la tensión entre el deseo de autodeterminación y las estructuras que nos constriñen. La libertad no es solo una condición jurídica o física, sino también un estado mental, una posibilidad de imaginar otros mundos posibles y actuar en consecuencia. Es el derecho a narrarse a uno mismo, a participar en la construcción del sentido, a equivocarse, a disentir, a amar. Y sin embargo, está rodeada por múltiples formas de encierro —materiales, simbólicas, institucionales— que limitan o niegan esa potencia creadora.
La prisión, por su parte, excede los muros de concreto y alambre. Puede adoptar la forma de un sistema punitivo, de una economía que margina, de un lenguaje que excluye o de una cultura que estigmatiza. Las cárceles visibles son apenas la punta del iceberg de un entramado de dispositivos que regulan, clasifican y silencian a los cuerpos y las voces que incomodan. Pero incluso allí, en los márgenes más duros, la libertad puede brotar como gesto, como pensamiento crítico, como creación.
Desde Anthropiqa queremos pensar este dilema no solo desde la denuncia, sino desde la escucha. Desde las grietas por donde la libertad se reinventa, incluso en condiciones de encierro. Porque cada relato, cada obra, cada testimonio que surge desde la prisión es también una afirmación de humanidad. Un acto de resistencia que nos interpela y nos recuerda que nadie es libre del todo mientras existan personas privadas de toda posibilidad de ser, de expresarse y de vivir con dignidad.